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Radiofrecuencia facial: qué hace de verdad y en qué se diferencia de la de casa

Radiofrecuencia facial: qué hace de verdad y en qué se diferencia de la de casa

25 de agosto de 2026 · por María José Esteve

Los aparatos domésticos han hecho que mucha gente llegue con la mosca detrás de la oreja. Ni son un timo ni hacen lo mismo: la diferencia está en la potencia, en el control de la temperatura y en quién mira tu piel antes de encender la máquina.

Qué es la radiofrecuencia y qué le pasa a tu piel

No corta, no pincha y no quema por fuera. Es una corriente de alta frecuencia —la nuestra trabaja a 448 kHz— que atraviesa el tejido y lo calienta desde dentro. La piel de la superficie apenas nota más que un calorcito agradable, mientras que por debajo se llega a los 39 o 41 grados.

A esa temperatura pasan dos cosas distintas. La primera es inmediata: el colágeno que ya tienes se contrae, y por eso al levantarte de la camilla te ves la cara más recogida y con mejor color. La segunda tarda: el calor despierta a las células que fabrican colágeno nuevo, y ese colágeno empieza a notarse a las cuatro u ocho semanas.

Conviene no confundirlas. El efecto del mismo día es real pero se va en unos días; el que se queda es el otro, y ese llega con la tanda entera, no con una sesión suelta antes de una boda.

Qué hace de verdad, y qué no va a hacer

Lo que hace bien: mejorar la textura y la luminosidad, suavizar las líneas finas, devolver firmeza y redefinir el óvalo, y ayudar con las bolsas y las ojeras por el trabajo de drenaje. En la versión corporal, además, el calor profundo deja la musculatura cargada mucho más suelta y una sensación de descanso que se agradece.

Lo que no hace: no sustituye a un lifting. Una flacidez avanzada, una papada instalada o unas arrugas profundas no se arreglan con calor, se disimulan un poco. Si alguien te enseña un antes y un después espectacular y no te dice qué más había de por medio, desconfía.

Nosotros preferimos que vengas sabiendo esto. Una clienta que espera un cambio de cara se va decepcionada aunque el tratamiento haya funcionado; una que espera piel más firme y mejor cara se va contenta con el mismo resultado.

El aparato de casa no es un timo. Es otra cosa

Que quede claro de entrada: los aparatos domésticos de radiofrecuencia hacen algo. Calientan la capa superficial, la piel se ve mejor un rato y, si te obligan a dedicarte diez minutos delante del espejo con una crema decente, ya has ganado algo. Para mantener entre tandas no están mal.

Pero no son comparables, y no por marca ni por postureo. Son tres diferencias concretas:

  • La potencia. Un equipo doméstico está limitado a propósito para que no puedas hacerte daño sin supervisión. Eso significa que la energía se queda arriba. Y el colágeno nuevo no lo fabrica la superficie: lo fabrica la dermis profunda, que es justo donde ese aparato no llega.
  • El control de la temperatura. En cabina se mide y se sostiene la ventana de calor los minutos que hace falta, zona por zona. En casa no hay forma de saber a cuántos grados está tu piel por dentro: o te quedas corta, que es lo normal, o te pasas.
  • El diagnóstico previo. Este es el gordo. Nadie te mira la piel antes de encender el aparato de casa. Aquí, media consulta es decidir si lo tuyo es falta de firmeza, deshidratación o una mancha, y cuántas sesiones necesitas. A veces la conclusión es que la radiofrecuencia no es lo primero que te hace falta.

Si has llegado hasta aquí después de leer una comparativa de aparatos domésticos, ya sabes por dónde va la cosa: lo que se les discute no es que la radiofrecuencia funcione, es que un aparato pensado para usarse sin supervisión llegue a donde promete el anuncio.

Cuántas sesiones hacen falta y cada cuánto

Una sesión facial dura una hora. Lo habitual es una tanda de seis a diez sesiones, empezando con una por semana y espaciando después. Cuando la piel llega donde queríamos, se pasa a mantenimiento: una cada tres o cuatro semanas, según la edad y el estado de partida.

El número no se decide en la web ni por teléfono. Sale de mirarte la piel, que es lo que hacemos en la primera cita.

Cuándo no se puede

La lista es corta pero seria, y hay una que no admite matices: marcapasos o cualquier dispositivo electrónico implantado, no. Tampoco durante el embarazo, ni con un cáncer activo o en tratamiento, ni con trombosis o problemas de coagulación.

Con otras cosas hay que hablarlo antes: epilepsia, alteraciones de la sensibilidad al calor en la zona —una neuropatía diabética, por ejemplo—, implantes metálicos donde vayamos a trabajar, un DIU de cobre si el tratamiento es abdominal, o una infección o brote de piel en marcha. Y si te has puesto ácido hialurónico o toxina hace poco, se deja pasar un par de semanas.

Nada de esto se pregunta por gusto. Se pregunta porque estamos metiendo calor dentro de un cuerpo, y hay cuerpos a los que eso no les conviene.

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